DE GANADOS, MIESES Y OTRAS YERBAS
Por Juan Carlos Jara
1910. La región pampeana, esa "estepa sin nieve", como la llamó Rubén Darío, vertía sin cesar hacia Europa su notable riqueza agropecuaria, mientras recibía de todas las latitudes inmensos contingentes humanos lanzados a la conquista de "l' America".
Entre suntuosas veladas en el Colón, discursos grandilocuentes, pompa, boato y bombas anarquistas que no lograron romper el tono de los festejos, se celebraba el primer centenario de la revolución de mayo.
Lugones le cantaba con unción a las praderas cubiertas de ganados y de mieses y Rubén elevaba su acento profético para exaltar el esplendoroso porvenir de estos parajes:
He aquí la región del Dorado,
he aquí el paraíso terrestre,
he aquí la ventura esperada,
he aquí el Vellocino de Oro,
he aquí Canaán la preñada,
la Atlántida resucitada...
Hasta pocas décadas atrás, sin embargo, esos fértiles campos de la pampa húmeda -motor de la expansión argentina- formaban parte del "desierto", tierra de nadie y de todos ocupada por indios pampas y gauchos matreros, boleadores de ñandúes y carneadores del ganado más o menos cimarrón que se reproducía incesantemente desde los tiempos de la colonia.
En pocas décadas, de ser un país secundario, "subdesarrollado", la Argentina se había convertido en la tierra de promisión que daba su bienvenida a todos los hombres del mundo que quisieran habitarla. El sueño de Alberdi y de Sarmiento se había cristalizado. Era el triunfo final del progreso sobre el atraso, de la civilización sobre la barbarie, de Juan Sin Ropa sobre Santos Vega.
Para reforzarnos en esa convicción, el economista británico Angus Maddison ("La economía mundial, 1820-1992. Análisis y estadísticas", Madrid, 1997), nos dice que nuestro país se hallaba entonces entre los diez u once con más alta renta per cápita del planeta.
La fórmula para alcanzar indicadores tan halagüeños fue sintetizada de este modo por la oligarquía terrateniente, principal beneficiaria de ese crecimiento: la Argentina era fruto del oro inglés, el brazo italiano y el libro francés.
Mientras tanto, la población nativa, cuya sangre sólo había servido en el pasado para abonar la tierra -según la conocida aserción del Padre del Aula- era hipócritamente sacralizada en la mitologización del gaucho como deidad máxima de una Argentina bárbara y romántica que - gracias a Dios- había dejado de existir.
Ahora bien, si como apunta con acierto Mario Rapoport, las citadas cifras de Maddison ubican en 1950 a Quatar, pequeño país petrolero dominado y usufructuado por unas pocas familias, en el primer lugar del mundo por el nivel de su PBI, cabe preguntarse si la fiabilidad de su procedimiento explicativo no debe ser tomada con alguna reserva.
En efecto, por esa leve grieta metodológica se nos cuela una duda capaz de llevarnos a conclusiones mucho más interesantes y acertadas.
Admitiendo que la integración de las pampas en el mercado internacional haya puesto a nuestro país en el nivel de una "potencia emergente" -dicho en lenguaje del presente-, otros indicios (como aquellas bombas anarquistas que mencionábamos al comienzo) nos permiten sospechar que la riqueza no se derramó del mismo modo por todos los intersticios de la estructura social.
En otras palabras, que derroche oligárquico y penuria popular fueron los dos términos de una misma ecuación, basada en la desigualdad y la más cruda discriminación de las clases "de pata al suelo".
Si no nos basta con el trabajo clásico de Juan Bialet Massé, "El estado de las clases obreras argentinas a comienzos de siglo", recurramos a los boletines del Departamento Nacional del Trabajo o a la literatura testimonial de la época, y podremos comprobar que la Argentina de aquellos años nos enfrenta con una de las economías más regresivas del mundo en materia de legislación social y distribución del ingreso.
Pero además de injusto y poco inclusivo, el modelo agroexportador del Centenario era un proyecto sin destino.
Cuenta Arturo Jauretche ("El medio pelo en la sociedad argentina", Peña Lillo, 1966) que la economía norteamericana también se incorporó al mercado mundial con sus carnes y cereales en la misma época que la Argentina. Pero con una diferencia cardinal: la burguesía yanqui supo capitalizar la riqueza que generaban sus exportaciones sin perder la conducción de otros factores como los de comercialización, transporte y crédito. "No se limitó a producir y vender sobre el lugar de producción entregando la parte del león a los exportadores. La hizo suya, la reinvirtió y proyectó los recursos logrados sobre el desarrollo interno, acompañando la marcha hacia el oeste".
Nada de eso se dio entre nosotros, donde la sutil inteligencia británica (el "oro inglés" de la fórmula oligárquica) fue la que dominó el proceso desde el principio hasta el final.
Transcurrido un largo siglo desde aquella época, no es tiempo de fustigar a las generaciones del pasado por su falta de visión y su enfeudamiento a una división internacional del trabajo que manejaban poderes extranjeros.
El intercambio de materias primas por manufacturas y bienes de capital, a costa de un endeudamiento exterior creciente - producto del deterioro en los términos del intercambio- sólo podía sostenerse durante un cierto período pero creando las condiciones para el estallido final que se dio a la postre con la crisis de 1930.
Lo que en cambio no resulta justificable es pretender aun hoy que ése -y no el inclusivo e industrialista del ‘45- sea el modelo al que debe regresar nuestro país para retomar un destino de grandeza que determinados sectores argentinos siguen ubicando en los años del Centenario.
Nos estamos refiriendo a los hombres y mujeres de la actual oposición, nostálgicos de esa Argentina monoproductora y desigual que pretendió resurgir con parecidos parámetros a los de 1910 en los desdichados años menemistas y en los días no menos aciagos que precedieron al voto no positivo del incalificable Julio Cobos.
Su obstrucción, directa o sesgada, a medidas como la nacionalización de Aerolíneas y Correo Argentino, recuperación de los fondos de pensión, desendeudamiento externo, desvinculación de las políticas de ajuste del FMI, asignación universal por hijo, incrementos jubilatorios, etc., los convierte en herederos directos (el caso de Federico Pinedo es la muestra más acabada) de aquellos "probos repúblicos" que, luego de vivir tirando manteca al techo en los cabarets parisinos, terminaron de hinojos ante su Graciosa Majestad, ofrendándole la Argentina como la joya más preciada de su corona.
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